100 años y el reencuentro
Un fin de semana que regocijó las almas de todos sus hijos. Un abrazo sincero por el reencuentro, una lágrima al recordar viejos momentos, una emoción que perdurará por varios días y hasta un gesto de asombro por encontrar una cara distinta que, indudablemente, no pudo sortear el paso del tiempo. Un ¿y vos quien sos …..?, sólo con un abrazo como respuesta. O esos saludos efusivos que generaron después, casi obligadamente, la pregunta ¿y este quien es….?, una muestra de afecto hacia la maestra de la primaria, hacia los ex compañeros, los amigos, los ex vecinos o hacia aquellos con que, por cuestiones cotidianas, habíamos interrumpido alguna vez el diálogo.
Todo fue válido, porque nuestro pueblo cumplió cien años y, esa, fue la mejor oportunidad que tuvimos para reencontrarnos. Allí, donde están nuestras raíces, base fundamental de nuestra identidad como personas.
Y así fue, compartimos todo. Todos juntos como hacía muchísimo tiempo no ocurría. Todos, unidos, volvimos a llenar las calles, a sentir el aroma a tierra recién mojada, a disfrutar de la sombra de esos árboles añejos que alguna vez, cuando éramos niños no sirvieron como guarida; a compartir recuerdos y a mirarnos varias veces porque sabíamos de la tristeza de nuestra, pronta, despedida. A divertirnos como cuando éramos adolescentes, a llamarnos por nuestros sobrenombres, a sentir lo que hacía años no sentíamos.
Aunque todo duró muy poco, indefectiblemente, esos momentos se transformaron en alimento para nuestras almas. Quizás muchos, por razones del destino, no nos volvamos ver. Es por eso, que el recuerdo de este reencuentro quedará aferrado al resto de nuestras vidas. Solamente, porque fue único e irrepetible.
Un GRACIAS inmenso para todos aquellos que, con su trabajo desinteresado, nos permitieron vivir ese momento. Y la mejor retribución es decirles que, a donde nos lleve la vida llevaremos grabado ese, imborrable, momento.
Miguel Angel Barucco.